Ya que no se puede hablar con cierta seguridad se calla. Uno calla para evitar gritar a los cuatro vientos realidades obvias.
Tararear una canción es algo más que un cúmulo de sensaciones. Arrancarse la piel con la rabia que se lleva dentro, la mochila que llevas a cuestas. La que pesa, la que atormenta, la que te recuerda quién eres y que debes callar para seguir siendo quien eres.
No somos de madera, no somos un eterno muñeco Pinocho que nos quedamos inmóviles frente al ritmo de la vida. Somos movimiento, energía. Somos canción y a la vez somos lo que queremos ser sin querer ser lo que en realidad seríamos.
Y cuando crees controlar todo lo que te rodea, cuando realmente ya no te asusta el cómo y el cuándo todos los planes se atreven a volar y a huir. Abrir la ventana y oír la maldita puerta con ese ruido horrible a poco aceite que retumba en tu mente de una manera espantosa.
Poner límites y acariciar lo que antes se tenía, recordar lo que eramos y lo que jamás será porque las cosas nunca podrían torcerse como un error tan obvio que tú pretendes.
Háblame del tiempo, háblame de todo menos de lo que has pensado.
Háblame de todo menos de lo que no quiero oír. Porque no quiero oír lo que retumba en la mente, no quiero por miedo a perder todo lo que supondría en consecuencias.
Viene y va, como el andar que propones de esa manera. Nada es tan fácil como pensamos ni tan complicado como se pretende encontrar el mundo.
No arriesgues tanto como quisieras porque cometerías el gran error de tu vida.
No arriesgues porque se destrozaría todo lo que has construido en tantos suspiros. No arriesgues porque ya nada será igual que cuando se construyó.
Calla, calla ahora. Calla ahora y siempre.
No cruces, no hay nada a dónde llegar ni explicaciones que dar.
Va y viene, no me cuentes cosas.
Porque si se habla de lo que retumba y no del tiempo,
ya no estaremos para escuchar.
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